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19 septiembre 2009
La expansión de la cumbia "villera"
Julio María Sanguinetti
EL PAÍS - 19/09/2009
Nuestra sociedad post-moderna, trans-moderna o líquida, como queramos llamarla según el pensador que elijamos para discurrir sobre nuestro mundo contemporáneo, genera manifestaciones populares sustantivamente transgresoras. No se trata simplemente de los conocidos enclaves de marginación social o aun de las tribus ciudadanas, en que se mezclan la droga, la violencia y el delito. Nos referimos a fenómenos que, nacidos de la marginación, adquieren una fascinación que los termina convalidando socialmente.
Polémica en el Río de la Plata sobre esta subcultura musical: ¿es "chatarra" o signo de la diversidad?
Es el discutido caso de la cumbia, una hermosísima danza caribeña nacida en Colombia, testimonio vivo de los sincretismos culturales que se dan en nuestra América. Mezcla de sones e instrumentos africanos, indígenas y españoles, ha ido madurando con el correr de los años, renovándose, incorporando nuevos elementos musicales y aún letras, que originalmente no aparecían.
En los años 50 comenzó, lentamente, la difusión de sus grabaciones y los famosos Wawanko las esparcieron por el mundo de habla castellana. A partir de entonces, la cumbia fue una en Colombia, otra en México y otra en Perú, hasta que al llegar a la Argentina adquirió un sesgo curioso: adoptada por los habitantes de los asentamientos irregulares (las "villas" o "villas miseria"), pasó a generalizarse. Musicalmente es un híbrido de otras "cumbias" nacionales, que preserva el contagioso ritmo caribeño, pero añade letras de un contenido social violento. El lenguaje es duro y a veces procaz. Cuenta historias de vidas golpeadas por la adversidad, donde robar ("chorrear") es lo normal, la droga la escalera para trepar y el sexo un ejercicio machista desenfadado y grosero.
Es muy curioso como la "villera", bajo ese rótulo, se ha ido expandiendo velozmente por el continente, a través de las "barras bravas" de los clubes de fútbol y algunas emisoras underground. El fenómeno ocurre no sólo en los bajos estratos sociales, sino aun en los de mayor nivel, en que estos panfletos marginales conviven con las expresiones más sofisticadas del rock. Es precisamente el caso del Río de la Plata, tanto Argentina como Uruguay, donde un corte transversal de la sociedad acoge este mensaje que algunos respetan como expresión de la pobreza y otros vituperan al repudiar la legitimación de una literatura antisistémica.
Digamos también que las letras no son fáciles de entender para quien no esté familiarizado con ese lenguaje de la marginalidad. En nuestra región rioplatense ya el tango consagró una literatura notable en que el castellano se mezclaba con un lunfardode fuerte influencia italiana. Lo de ahora es un nuevo argot, más crudo, a veces truculento, poco comprensible fuera de su ambiente, aunque su intención se advierta. Allí desfilan la madre soltera, el ladrón habitual, el muchacho al que le estalla la cabeza por lo que ha ingerido, la pobre putilla ignorante, la droga, el niño sin figura paterna, el odio de clase...
Hace algunos años, en Buenos Aires, un gobernante vinculó la expansión de esta cumbia al auge del delito y la inseguridad pública. Desatado el debate, el propio presidente Kirchner terminó hablando a favor de la "villera". Estos días en Montevideo, a raíz de unos cursos oficiales para enseñar a bailarla, se enfrentaron el director de la Filarmónica, quien la calificó de "chatarra" que consume la misma gente ignorante que se entrega a la "pasta base", mientras el director de Cultura la defendió en nombre de la diversidad.
La discusión, por cierto, desborda la anécdota local. Y no es otra que la del relativismo. Si en nombre del respeto a pueblos con culturas primitivas, o religiones arcaicas, se preconiza que aceptemos sin chistar la subordinación de la mujer hasta el nivel de la esclavitud, no es extraño que también estructuras oficiales -para atraer a jóvenes a los que cuesta aproximar a programas cultura-les- difundan la cumbia "villera" como si mereciera la misma consideración que una sinfonía de Beethoven.
Basados en cierta antropología clásica y el catecismo moderno de lo "políticamente correcto", no faltan -en todas partes- intelectuales defensores de la difusión de esta sub-cultura marginal que se regodea en su propia degradación. En nombre de la libertad, no se nos ocurriría perseguir esta música o proscribirla de las radios. Pero, ¿es razonable que la asumamos como un valor auténtico, enclavado dentro del discurso "pobrista" que inunda el mundo?
Si da lo mismo hablar bien que mal y asumir el delito como un laburo más, se perpetúa el atraso y difícilmente se formará una juventud para los exigentes tiempos globalizados. Desde ya que no es posible congelar hábitos y modalidades culturales. Por eso mismo, hoy despenalizar el aborto o aceptar la legitimidad del concubinato, ya está impuesto en la mayoría de los Estados. Pero eso nada tiene que ver con el descenso de los modos de relación hasta un nivel de degradación que se está viendo cada vez con más frecuencia en numerosos países, aun desarrollados, donde el choque de las zonas pobres con los aluviones inmigratorios va generando extrañas subculturas.
Bienvenida sea la diversidad. Pero ella no es el pasaporte al vale todo. Todavía Velázquez es Velázquez y Cervantes, Cervantes.
Julio María Sanguinetti, ex presidente de Uruguay, es abogado y periodista.
06 septiembre 2009
05 septiembre 2009
27 agosto 2009
31 julio 2009
La aldea global es una novela negra
Las obras policíacas y de espionaje narran con crudo realismo los entresijos del mundo. De ahí su popularidad. Petroleros, vendedores de armas, especuladores, politicastros y sicarios son, entre otros, sus nuevos villanos
JAVIER VALENZUELA
EL PAÍS - 31/07/2009
Resulta que Suecia no es lo más parecido a un paraíso de libertad y justicia. Allí también hay empresarios corruptos, funcionarios venales y machistas asesinos. Debemos este descubrimiento a las novelas de Henning Mankell y Stieg Larsson, pero habríamos podido intuirlo si en su momento, hace cuatro décadas, hubiéramos tenido acceso a las obras del matrimonio formado por Maj Sjöwall y Per Wahlöö, con sus policías proféticamente desencantados con el modelo sueco. En cuanto a Estados Unidos, no es sólo que sus servicios secretos secuestren y torturen en Abu Ghraib, Bagram y Guantánamo, es que, cual James Bond, disponen de licencia para matar. Lo sabemos por una larga lista contemporánea de sicarios de ficción: el Jason Bourne de Robert Ludlum, el Jack Reacher de Lee Child, los Hombres de la Guadaña de John Connolly, el John Rain de Barry Eisler...
¿Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia? En absoluto. En Contrato para matar, John Rain, exterminador a sueldo de la CIA, hace esta reflexión: "Algunas personas necesitan la rutina y se niegan a aceptar las consecuencias que acarrea la previsibilidad de sus movimientos. A juzgar por mi experiencia, esas personas suelen acabar muertas más temprano que tarde. El mundo sigue las reglas de Darwin". Pues sí, el mundo se ha vuelto loco en este arranque del tercer milenio, es una jungla donde impera la ley del más fuerte, y quien mejor lo está contando es la novela negra (thriller en inglés). De ahí la popularidad actual de este género literario: la lectura de este verano vuelve a ser Larsson.
De esto se habló mucho en la última edición de la Semana Negra de Gijón, una de cuyas mesas redondas estuvo dedicada específicamente a las relaciones entre thriller y política. La conclusión fue que la novela negra está abordando con insolente realismo lo que el periodismo oculta o maquilla: la ferocidad de las luchas por el poder, la omnipotencia del dinero, el doble rasero, la manipulación del público... Constreñida por la obligación de publicar informaciones contrastadas y por lo políticamente correcto, la prensa de calidad no puede contar de la misa la mitad; la sensacionalista, por su parte, sólo se ceba en los débiles y los rojos. Así que, como afirma la escritora escocesa Val McDermid, "hoy no existe mejor manera de arrojar luz sobre una sociedad que recurriendo a la novela negra".
Antes de dedicarse al thriller, Val McDermid fue periodista, como lo fue el fallecido Larsson y como lo son tantos de los cultivadores actuales del género. En sus biografías suele haber elementos comunes: una temprana vocación literaria, una posición política progresista y mucha amargura por no haber podido contar en la prensa todo lo que sabían sobre tal o cual cosa, sobre todo cuando había individuos, empresas o gobiernos poderosos de por medio. Tal es el caso del galés Matt Beynon Rees, creador del primer detective palestino de la historia, el profesor Omar Yusef. Entrevistado en mayo por Le Point, Rees decía: "La ficción es más cercana a la realidad que el periodismo".
En Una tumba en Gaza, una de las novelas de Rees, alguien le pregunta a Omar Yusef qué le impulsa a continuar una peligrosa investigación y éste responde: "Soy palestino. Estoy acostumbrado a comer mierda". En otro momento, Salwa, un personaje femenino, suelta: "A veces pienso que los únicos palestinos que no lloran son los muertos". Ninguna crónica, y por supuesto ningún informe de un think-tank, lo puede decir más corto y mejor.
El thriller se ha globalizado. En un doble sentido: sabemos más de cada país concreto y también sabemos más de cómo funcionan las relaciones internacionales. Sobre lo primero: ahora leemos en cualquier parte del mundo a autores que nos cuentan cuáles son los crímenes de sus respectivas sociedades. Ya no nos enteramos tan sólo de lo que pasa en Estados Unidos (fantástico, por cierto, el relato del Katrina de James Lee Burke en El huracán del que sirva de ejemplo esta frase: "Era el Air Force One. Después de tres días, mister Bush se ha dignado venir a sobrevolarnos... Joder, no sabes lo bien que me siento ahora"). O de cómo funciona Washington (David Baldaci, en Absolute Power, contó los escándalos sexuales de la era Clinton; Leonard Downie Junior, en la reciente Rules of the Game, cuenta las intrigas de las industrias militares y petroleras de la era Bush). No, terminó el monopolio estadounidense (aunque ahí siguen clásicos vivientes como James Ellroy y Walter Mosley) y ahora también nos enteramos de lo que ocurre en Suecia (Mankell, Larsson), en Sicilia (Andrea Camilleri), en Venecia (Donna Leon), en Grecia (Petros Márkaris), en Argelia (Yasmina Jadra), en Suráfica (Gillian Slovo, Deon Meyer), en Israel (Batya Gur), en Francia (J.-P. Manchette, Didier Daeninckx, Fred Vargas), en España (Andreu Martín, Juan Madrid, Lorenzo Silva), en Reino Unido (Ian Rankin, P.D. James)...
Descarnados y cabales, los libros de estos autores ?muchos de los mediterráneos marcados por la herencia de Manuel Vázquez Montalbán? son mucho mejores que las guías turísticas para comprender sus países: quiénes mandan, cómo ejercen el poder, cómo se busca la vida la gente de a pie, cómo se practica allí lo que Raymond Chandler llamaba "el simple arte de matar"...
Pero también hay cada vez más novelas sobre política internacional: sobre las pugnas por el petróleo y otros recursos energéticos, sobre las guerras de Afganistán e Irak, sobre la tragedia palestina, sobre los inconfesables métodos de las agencias de espionaje en la lucha contra el terrorismo yihadista (El prisionero de Guantánamo, de Dan Fesperman), sobre las farmacéuticas en África (El jardinero fiel, de John Le Carré)... Y también un significativo regreso en clave negra a los años treinta del pasado siglo en busca de las razones por las que el mundo también se volvió loco entonces (Alan Furst y su El corresponsal, Philip Kerr y sus novelas del policía berlinés Bernie Gunther).
La visión del mundo que se desprende del thriller político contemporáneo es más compleja y menos maniquea que la de Fox News. Los malos no son sólo caudillos izquierdistas latinoamericanos, oligarcas rusos del gas y jeques árabes que financian redes yihadistas. Entre sus villanos también hay políticos y funcionarios de Washington dispuestos a cualquier cosa con tal de que el viejo imperio siga mandando sin que nadie le chiste. Y mucha gente de la CIA que intercepta movimientos, conversaciones telefónicas y accesos a Internet allí donde les place. Y cardenales maquiavélicos del Vaticano, banqueros suizos corroídos por la hipocresía, especuladores financieros e inmobiliarios de múltiples pelajes... y hasta un primer ministro británico (El poder en la sombra, de Robert Harris) que, por oscurísimas razones, arruina su brillante carrera política para ponerse al servicio de Bush.
El triunfo universal de un capitalismo rapaz, el comienzo del declive estadounidense, la resurrección de Rusia y China, el crecimiento de India y Brasil, la acción de terroristas y traficantes multinacionales, el resurgir de los fundamentalismos nacionales y religiosos, todo eso ha convertido el planeta en un campo de batalla... y en un semillero de argumentos para los escritores. En la escena negra global es difícil distinguir a los buenos de los malos: todos piensan que el fin justifica los medios, todos usan móviles encriptados, piratean en Internet y tienen cuentas secretas en paraísos fiscales, y, si es menester, todos matan. En las novelas actuales los narcos no los únicos que contratan sicarios, también lo hacen gobiernos respetables. Ahí está Gabriel Allon, restaurador de arte y asesino al servicio del Mossad, creado por la imaginación de Daniel Silva, norteamericano de origen portugués y también ex periodista. Gabriel Allon es un verdugo con conciencia: le asaltan con frecuencia las dudas, pero su reclutador, el Viejo, siempre acaba convenciéndole de que sus crímenes tienen una buena causa: Israel y el pueblo judío.
Situadas en Berlín, Shanghái, Sao Paulo, Dubai, Ciudad del Cabo o Singapur ¬-las capitales emergentes del thriller- o en Nueva York, París, Londres, Moscú o Hong Kong -las clásicas-, estas novelas ofrecen al lector mucho más que entrenamiento: ofrecen una luz cruda sobre los acontecimientos actuales y, en ocasiones, lo que el crítico Steve Goldstein llama "el oscuro regalo de la profecía". Recuérdese que el 11-S fue anticipado en un best-seller de Tom Clancy.
El ensayista canadiense John Ralston Saul afirma: "Quizá el espionaje sea uno de los últimos refugios de la novela crítica y con peso político". Fortalecida tras el 11-S, el nacimiento de esta rama del árbol negro se remonta a 1909, cuando Joseph Conrad publicó El agente secreto, un libro en el que, a través de un anarquista, predijo la muy contemporánea figura del terrorista suicida. En la primera mitad del siglo pasado los británicos Eric Ambler (La máscara de Dimitrios) y Graham Greene (El tercer hombre, El americano impasible, Nuestro hombre en La Habana) dieron a la novela de espionaje el prestigio que cuajaría en la figura de John Le Carré.
Gran cronista de la guerra fría, es admirable cómo John Le Carré está acertando también en el relato de nuestro tiempo. El heredero de Conrad, Ambler y Greene sintetizó así el disparate de Irak en Amigos Absolutos: "Cada guerra es peor que la anterior, señor Mundy. Pero ésta es la peor que he visto si nos referimos a las mentiras. Da igual que haya acabado la guerra fría. Da igual que estemos globalizados, que seamos multinacionales o lo que sea. En cuanto suena el tam-tam y los políticos despliegan sus mentiras, ahí tenemos los arcos y flechas y la bandera y la televisión las veinticuatro horas del día para todos los ciudadanos leales. Tres hurras por las explosiones y qué carajo importan las bajas mientras sean del otro lado. Y no me venga con esa gilipollez de la Vieja Europa. Aquí nos encontramos con la América más vieja de la historia: fanáticos puritanos que asesinan a los salvajes en nombre del Señor. ¿Qué hay más viejo que eso? Fue genocidio entonces y es genocidio ahora". Claro, directo y veraz.
"Cuando se mete en política", escribe el comentarista francés Patrick S. Vast, "el género negro tiende a rascar donde pica, a no caer en el consenso y en lo políticamente correcto. Impertinente, incluso liante, está cerca de la gente, de sus interrogantes, de sus problemas". Tal como están las cosas, y si Obama no logra detener la caída del mundo por la pendiente y tiene poderosos enemigos dentro y fuera intentan maniatarlo?, al thriller no le van a faltar temas para las próximas temporadas. ¿Qué tal, por ejemplo, una novela sobre un político mediterráneo que se dice adalid de los valores familiares católicos al tiempo que monta orgías con jovencitas en su Villa Viagra?
08 julio 2009
04 junio 2009
02 junio 2009
Por qué hablan de laicismo "agresivo"
De los cinco modelos de relación entre el Estado y las religiones, el laico es el que mejor asegura los derechos de todos, creyentes o no. Pero la Iglesia, nostálgica del Estado confesional, intenta desprestigiarlo
EL PAÍS - 02/06/2009
El arzobispo Silvano Tomasi, observador del Vaticano ante la ONU, dijo no hace mucho (EL PAÍS, 24 de marzo de 2009) que la Iglesia está preocupada por el "laicismo agresivo" de algunos países europeos. La expresión me dejó algo perplejo. ¿Qué quería decir con eso tan distinguido clérigo? ¿Significa para él que el laicismo es en sí mismo una actitud política digna de alabanzas, y que sólo quedaría viciada si fuera defendida por métodos "agresivos"? Tal vez esté yo confundido, y el observador vaticano considere en el fondo que el laicismo es agresivo en sí mismo.
En cualquier caso, monseñor Tomasi es un fiel representante del espíritu de su Iglesia, y sigue los pasos del actual Papa, el que fuera cardenal Joseph Ratzinger, quien en 2004 ya manifestaba una preocupación similar. El laicismo, según la argumentación de Ratzinger, estaba poniendo en peligro la libertad religiosa. Como prueba aducía el entonces cardenal el caso de un pastor protestante que, después de predicar en contra de la homosexualidad, fue condenado a un mes de cárcel. El laicismo, según Ratzinger, ha dejado de constituir un elemento de neutralidad capaz de abrir espacios de libertad para todos.
La confusión respecto a la verdadera naturaleza del laicismo alcanzó su cúspide cuando en 2007 el presidente Nicolas Sarkozy defendió la necesidad de que el laicismo dejara de alejar la nación francesa de sus raíces cristianas, de negar su pasado. Para él, una nación que ignora su histórica herencia ética, espiritual y religiosa, delinque contra su propia cultura. Y terminó defendiendo la idea de un "laicismo positivo".
Este debate manifiesta que hay una gran confusión en las sociedades europeas contemporáneas acerca de sus religiones o de su identidad secular. ¿En dónde radica el problema? En toda Europa hay ahora sociedades multirreligiosas y multiculturales. Si cada ciudadano basara sus principios morales en su pensamiento religioso, se produciría una carencia de base moral común. Los representantes de los diversos credos esperan de todos los demás que hablen en su lenguaje religioso particular. El católico, por ejemplo, piensa que si todo el mundo se convirtiera al catolicismo, tendríamos una base compartida sobre la que edificar nuestros principios. Y lo mismo ocurriría si todo el mundo se convirtiera al islam, al protestantismo o a cualquier otro credo, podrían proclamar todos los musulmanes o protestantes, etcétera.
El primero es el "ateísmo político" o "ateísmo totalitario", en el que el ateísmo es la doctrina estatal. No se entiende como una convicción personal de unos individuos que piensan que Dios no existe, o que las razones para creer en su existencia no son incuestionables, sino que se convierte en la doctrina oficial del Estado, el cual trata de erradicar toda simpatía que la gente pueda sentir por las ideas religiosas y, sobre todo, por la idea de la existencia de Dios. El Estado ateo fue creado en 1917; sus ideólogos fueron Lenin y Stalin.
El segundo modelo es el del Estado religiosamente neutral o laico, en el que el Estado permanece "neutral". Admite todas las religiones, pero ninguna ocupa una posición de privilegio. El Estado no apoya la religión. No hace propaganda a favor de una u otra, ni financia públicamente ninguna Iglesia ni institución religiosa. Este modelo ha adoptado varias formas: la laicité francesa; la Wall of Separation de EE UU; el modelo turco. Ninguna de estas variedades tan diversas es necesariamente un laicismo "agresivo" (Tomasi), ni limita la libertad de expresión (Ratzinger), ni carece de dimensión "positiva" (Sarkozy). De hecho, en las sociedades multirreligiosas, no sería mala idea que el Estado fuese religiosamente neutral.
Pero, antes de sacar conclusiones precipitadas, estudiemos otras opciones. El tercero de los modelos es el del Estado "multirreligioso" o "multicultural", que trata a todas las religiones por igual porque las ayuda a todas en la misma medida. Si hay subsidios estatales para los curas cristianos, para el mantenimiento de las iglesias o la organización de sus sacerdotes, los budistas y los musulmanes tienen derecho a reclamar el mismo trato.
El cuarto modelo es el del Estado que tiene una Iglesia oficial. El Estado y la Iglesia combinan en estos casos sus fuerzas en el mantenimiento del orden público. No se suprimen las demás Iglesias, pero no tienen la prioridad que se concede a la oficial. En muchas declaraciones de los representantes de las Iglesias cristianas (incluyendo al Vaticano) se percibe cierta nostalgia de este modelo. Si un político cristiano habla del papel de la "religión" como poderoso elemento cohesionador de la sociedad, siempre se refiere a la suya, aunque evite decirlo tal cual, por no parecer políticamente incorrecto.
El quinto modelo es la teocracia, un sistema opuesto al ateísmo político pero que, paradójicamente, debe ser rechazado por los mismos motivos. En este modelo hay una religión que es favorecida por encima de las demás, que son suprimidas con brutalidad, a menudo por medio de prohibiciones legales e incluso por la fuerza. Este modelo quedó olvidado en Occidente, con algunas excepciones, hace años, pero regresó al poder en Irán a partir de 1979, y es una fuente de inspiración para los jóvenes islamistas que se sienten ajenos al orden democrático liberal de países como Holanda, Francia y España. La teocracia es tan "agresiva" (aquí el término es apropiado) y tan mala como el ateísmo político.
La discusión acerca de cuál tendría que ser la actitud del Estado en relación con las religiones debe limitarse pues a elegir entre los tres modelos intermedios: laicismo, multiculturalismo o Iglesia oficial. El problema de este último modelo es que discrimina a las religiones que no ocupan la posición privilegiada de la que ha logrado ocupar ese lugar de privilegio. En las actuales circunstancias no parece plausible que reaparezca una sociedad con un único credo religioso común a toda la población. Así que se trata de un modelo basado en la nostalgia. Por su parte, el modelo multicultural es igualitario en lo que concierne a todas las religiones pero discrimina a los no creyentes. Se olvida de la mitad de los ciudadanos de los países europeos, que no suscriben ningún credo religioso. Además, es incapaz de crear una base verdaderamente universal sobre la que construir una ética compartida, pues hoy en día la diversidad religiosa no es lo que nos une, sino lo que nos separa.
El laicismo parece pues la idea más adecuada para proporcionar una base común a todos los ciudadanos, sea cual sea su fe religiosa, y permite unirlos a todos en torno a una serie de valores, los de democracia, derechos humanos y Estado de derecho. Por supuesto que los laicistas deben cuidarse de no defender sus convicciones de manera "agresiva", según nos advierte el arzobispo Tomasi, pero sí deberíamos confiar en la posibilidad de que los países europeos encuentren una nueva identidad que no esté basada en el cada vez más evanescente pasado religioso común.
No hace falta ignorar la herencia espiritual y religiosa, como pide Sarkozy, para saber que el futuro no parece anunciar la prevalencia de una única religión compartida por todos. Los europeos haríamos bien en aceptar este hecho irrebatible, y construir Estados y sociedades basados en un modelo realista que, al propio tiempo, constituya una fuente de inspiración para todos sus ciudadanos, cualesquiera sean sus convicciones religiosas. Pensándolo bien, un Estado laicista no parece tan mala idea. Nos proporcionaría un idioma moral común a todos, un "esperanto moral" que todos podríamos ser capaces de hablar.
Paul Cliteur, catedrático de Jurisprudencia de la Universidad de Leiden (Países Bajos), acaba de publicar en España el ensayo Esperanto moral.