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30 mayo 2008

El mensaje de Octavio

JULIO MARÍA SANGUINETTI

EL PAÍS - 30/05/2008

Octavio Paz se preguntaba porqué, después de la Segunda Mundial y a pesar de la ausencia de revoluciones obreras en el mundo, miles de intelectuales seguían aferrados a la quimera de la revolución mundial. Más se asombraría hoy si viera que, caído el Muro de Berlín, que él felizmente vio derrumbarse, persiste esa utopía revolucionaria, ese ensueño igualitarista que, especialmente en América Latina, lejos de construir sociedades más justas, ha sido fuente y causa de autoritarismos populistas o revoluciones transformadas en tiranías.

Paz y Camus fueron compañeros en la búsqueda de una sociedad abierta

No habrá integración latinoamericana mientras persistan querellas fronterizas

A 10 años de su muerte, acaecida en México a los 84 años, viene a cuento evocar su respuesta: "Arrancados de la totalidad y de los antiguos absolutos religiosos, sentimos nostalgia de totalidad y absoluto. Esto explica, quizá, el impulso que los llevó a convertirse al comunismo y defenderlo. Fue una perversa parodia de la comunión religiosa. Sin embargo, ¿cómo explicar su silencio ante la mentira y el crimen? Baudelaire cantó a Satán y habló de la orgullosa conciencia en el mal. El suyo fue un mal metafísico, un vano simulacro de la libertad. En el caso de los intelectuales del siglo XX no hubo ni rebeldía ni soberbia: hubo abyección. Es duro decirlo pero hay que decirlo".

Esta dureza tenía detrás el vituperio organizado que lo había acompañado desde que en 1949 descubrió los campos de concentración soviéticos, los cuestionó y, en los años cincuenta, claramente afirmó que el futuro jamás estaría por ese sendero. Él había pensado en el comunismo desde la perspectiva de un desarrollo de la revolución mexicana a la que buscaba destino. Ante la evidencia histórica del error, tuvo el coraje de proclamarlo sin reticencias y fue en París, en la cercanía de su amistad con Albert Camus, compañero de ruta en ese itinerario de la verdad, que encontró el desafío de emprender el siempre difícil camino de la sociedad abierta. Eran los años en que en la rive gauche parisina, como un axioma, se repetía irónicamente que más valía equivocarse con Sartre que acertar con Raymond Aron, otro formidable pensador de la libertad al que se eclipsara detrás de las luces vedettistas de los intelectuales mal comprometidos. Su combate, entonces, será el de apartar la política del dogma, el razonamiento cívico del mundo del pensamiento religioso, despojarlos de esa búsqueda de absolutos que con ropaje de izquierda o de derecha sólo había llevado, en el trágico siglo XX, a los goulags y las cámaras de gas del nazismo.

Naturalmente, Octavio fue un formidable poeta, que junto a Borges llevó las letras de habla hispánica a su dimensión máxima, conjugando forma y fondo, estilo y concepto. Y también un ensayista de altura, que comien-za en El Laberinto de la Soledad, explicación profunda de México, pero mucho más que ello, revelación de la angustia de soledad y espacio que recorre el alma latinoamericana, hasta culminar en Sor Juana Inés de la Cruz.

Esta obra, mucho más que una biografía, es un ensayo sobre el barroco en nuestro hemisferio, el feminismo, el oscurantismo de nuestra vida colonial y aun el criollismo, esa nueva identidad que mestizaba el carácter español con el ancestro indígena o africano. Ella está en la profundidad de su explicación de la revolución mexicana, que en su visión no fue ideológica sino "popular e instintiva", con una pasión igualitarista cuyos orígenes no están "en las ideas modernas sino en la tradición de las comunidades indígenas anteriores a la conquista y en el cristianismo evangélico de los misioneros".

Pensando en nuestro confuso presente, escribió: "Hoy nadie cree que el secreto de la construcción de la sociedad perfecta esté en Adam Smith, o en Carlos Marx, en Locke o en Rousseau. Sin embargo, las preguntas que ellos hicieron no han envejecido. Necesitamos nuevas respuestas a las viejas preguntas". Felipe González suele introducir sus respuestas a través de este valedero razonamiento. Valedero y profundo. Porque el mensaje de los derechos individuales de Locke no ha podido ser superado, pero no alcanza para configurar sociedades democráticas, adolecidas todavía de tantas profundas desigualdades sociales. Tampoco nadie puede negar en Marx su visión de la globalización capitalista y sus riesgos sobre los trabajadores, pero la evidencia de que la propiedad colectivista sólo ha engendrado pobreza y tiranía derrumbó su construcción. Por cierto, Rousseau está en la esencia del criterio mayoritario de la democracia, pero demasiadas tiranías han nacido de las masas -aun votando- como para no enfrentarlo con el humanismo jusnaturalista. Acaso Adam Smith, el profeta del mercado libre como sustento de La riqueza de las naciones, sea el que todavía se mantenga como proyecto, sin que la realidad lo haya desvanecido del todo, pero luego de advenido este tiempo de mundialización comercial nadie se atrevería con razón a desconocer el imprescindible valor armonizador del Estado.

Las respuestas de Octavio, como balizas que marcan los límites laterales del camino a construir, se basan en dos tradiciones. La clásica, de Kant y Aristóteles, que reclama para "trazar un puente entre la reflexión filosófica y el saber científico", entre los avances descomunales de la biología y la física y los principios éticos que deben regularlos para que la razón no engendre monstruos. La otra tradición invocada es la más reciente, la del liberalismo y el socialismo: "Ambos son irrenunciables y están presentes en el nacimiento de la Edad Moderna: uno encarna la aspiración hacia la libertad y el otro hacia la igualdad. El puente entre ellas es la fraternidad, herencia cristiana, al menos para nosotros, hijos de Occidente. Un tercer elemento: la herencia de nuestros grandes poetas y novelistas. Nadie debería atreverse a escribir sobre temas de filosofía y teoría política sin antes haber leído y meditado a los trágicos griegos y a Shakespeare, a Dante y a Cervantes, a Balzac y a Dostoievski".

Esta síntesis serena y medular sigue resonando a diez años de la muerte de ese Octavio que prestigió al Nobel y al Cervantes con la altura de su creación. Del mismo modo que alumbró a México, compartiendo con Carlos Fuentes, más allá de tiempos de cercanía y distancia, un magisterio del debate intelectual que en la América Latina aún sigue reclamando más comprensión para los desafíos que la historia nos puso delante. No es posible seguir creyendo que pueden consolidarse democracias con puebladas callejeras, ni que crecerán las economías con nacionalizaciones ineficientes, ni que combatiremos la pobreza en su raíz con clientelismos paternalistas, ni que llevaremos adelante la reclamada integración manteniendo vivos conflictos fronterizos, hijos de arcaicas historias o de no menos arcaicas guerrillas, sólo sostenidas en la actualidad por la miseria del narcotráfico.

El homenaje a Octavio que todavía le debemos es el de rescatar la razón, para que sirva a la libertad, como él mismo decía, aquélla como instrumento, ésta como finalidad última de los desvelos de la organización social.

Julio María Sanguinetti fue presidente de Uruguay.

12 junio 2007

Richard Rorty, el filósofo de la ironía

OBITUARIO
Richard Rorty, el filósofo de la ironía

EL PAÍS.
MANUEL CRUZ. 11/06/2007


El filósofo estadounidense Richard Rorty nació el 4 de octubre de 1931 en Nueva York. Estudió en las universidades de Chicago y Yale, y se formó en la tradición de la filosofía analítica angloamericana y el pensamiento centroeuropeo. Rorty integró ambas corrientes y se le ha enmarcado en la corriente del neopragmatismo. Enseñó en la Universidad de Princeton hasta que en 1983 renunció a su cátedra de Filosofía para ocupar el puesto de profesor de Humanidades en la Universidad de Virginia.
Entre sus libros destacan Consecuencias del pragmatismo y Contingencia, ironía, solidaridad. Falleció el viernes 8 de junio, a los 76 años.

No tenía su mejor día Epicuro cuando escribió la célebre Carta a Meneceo, aquélla en la que despachaba de un plumazo el ancestral miedo de los hombres ante la muerte con el argumento, más propio de un sofista que de un filósofo en sentido mínimamente propio, de que la muerte "no es nada para nosotros, ya que mientras nosotros somos, la muerte no está presente y cuando la muerte está presente, entonces nosotros no somos". El razonamiento no podía ser más simple: "No existe (...) ni para los vivos ni para los muertos, pues para aquéllos todavía no es, y éstos ya no son". Nada por aquí, nada por allá (nunca mejor dicho). Como por arte de birlibirloque "el más estremecedor de los males" quedaba convertido en mera superchería.

Pero cuestionar el argumento epicúreo en modo alguno implica dar la razón a quienes, en el otro extremo, se han empeñado en atribuir a la condición mortal del ser humano su rasgo más específico, hasta el extremo de llegar a definir al hombre, como hiciera Heidegger, como un genuino ser-para-la-muerte. De esta falsa disyuntiva han escapado todos aquellos pensadores que han planteado que el hecho de la muerte debe ser colocado bajo la perspectiva de la vida, y no a la inversa. El hombre resulta ser, así, un ser-para-la-vida, dimensión que adquiere todo su valor, toda su densidad, precisamente del hecho de que toda vida, cualquier vida, toca a su fin en algún momento.

Viene todo esto a cuento de que a los vivos parece pasarnos con los muertos lo mismo que, según dicen, les pasa a éstos justo antes de iniciar su definitiva andadura (de acuerdo a lo que explican los que se han salvado por los pelos y han regresado para contarlo), y si los segundos ven proyectadas en pocos instantes sobre la pantalla de la imaginación las imágenes fundamentales que componen la película de la propia vida, para los primeros la noticia del fallecimiento de alguien a quien se conoció suele dar lugar a una experiencia en cierto sentido análoga. Ya no nos distrae la anécdota reciente o aquel lejano episodio, sino que dibujamos el recuerdo de esa persona de un solo trazo, con un único golpe de memoria.

Siempre tiene algo -mucho- de presuntuoso aventurarse a afirmar, rotundamente, en qué términos pasará a la historia de la filosofía un pensador que acaba de desaparecer: el autor del pronóstico parece colocarse en un lugar fronterizo al del narrador omnisciente, insinuando que conoce las claves por las que alguien alcanza la posteridad. Pero incluso situándose en la más modesta de las perspectivas, una cosa se puede afirmar, sin apenas margen de error: Richard Rorty, junto con Jacques Derrida, Jürgen Habermas y Gianni Vattimo han constituido -más allá, como es obvio, de las enormes diferencias entre sus propuestas- los cuatro puntales básicos del pensamiento filosófico en el último cuarto del siglo XX.

En el caso de Rorty ese lugar de privilegio lo ha adquirido gracias a una obra animada por una particular combinación de curiosidad a prueba de dogmas y de sensibilidad extrema hacia los problemas colectivos (o de las dimensiones gnoseológica y ético-política del pensamiento, si se quiere utilizar una jerga más profesional).

Desde su temprana antología sobre la filosofía analítica, en cuya introducción asumiera el rótulo -acuñado por Gustav Bergman- de giro lingüístico, que tanta fortuna ha obtenido con posterioridad, hasta su reciente diálogo con Vattimo sobre el futuro de la religión, pulcramente editado por Santiago Zabala, podría afirmarse que el conjunto de la trayectoria rortiana se balancea permanentemente entre ambas dimensiones, alternando las contribuciones de uno u otro tipo.
Del primero sería representativo el texto que más notoriedad le proporcionó y en el que el autor mostraba su particular estilo filosófico, hecho a partes iguales de espíritu crítico y de apertura teórica (precursora del diálogo interparadigmático), su ya clásico La filosofía y el espejo de la naturaleza, mientras que del segundo cabría mencionar el polémico Forjar nuestro país, en el que entraba, de manera decidida, en el debate acerca de qué significa ser de izquierdas en las sociedades occidentales desarrolladas de nuestros días. Sin olvidar, claro está, los trabajos recogidos en los tres volúmenes de Escritos filosóficos, el libro Consecuencias del pragmatismo y, sobre todo, esa fundamental aportación a la reflexión metafilosófica que es Contingencia, ironía, solidaridad.

Porque es en este último texto donde podemos encontrar, abiertamente explicitado, el sentido último del proyecto rortiano. Es en él dónde se presenta la definición del filósofo ironista como aquel que "pasa su tiempo preocupado por la posibilidad de haber sido iniciado en la tribu errónea, de haber aprendido el juego de lenguaje equivocado". No se trata, ciertamente, de una preocupación menor. Porque si fuera el caso que el proceso de socialización que le convirtió en ser humano al darle un lenguaje le hubiera dado un lenguaje equivocado, entonces ello mismo le hubiera convertido en "la especie errónea de ser humano". La ironía no proporciona la solución, sino que nos hace conscientes del problema. Si de algo sirve la ironía es precisamente como remedio contra la idea de que la ciencia natural, la teología o la filosofía estarán alguna vez en condiciones de dar con la única descripción verdadera y real de la esencia del hombre. De ahí su luminosa afirmación: lo que distingue a unos filósofos de otros es precisamente quién es el objeto de su envidia. Los filósofos analíticos siempre han envidiado a los científicos de la naturaleza o, como mínimo, a los matemáticos. Rorty, en cambio, si tiene que elegir compañía para llevarse a una isla desierta, da los nombres de Blake o de Rilke.

Casi sin darnos cuenta, la evocación ha acabado por devolvernos al punto de partida. Ésta es la ventaja que tiene escribir (buenos) libros: sus autores nunca se terminan de morir del todo, lo que es como decir que son un poco más seres para la vida que el resto de los mortales.

Me llega la noticia del fallecimiento de Richard Rorty y, como en un fogonazo, no consigo evitar imaginármelo adornado con los rasgos que mostraba en sus textos: inteligente, mordaz, brillante y pleno de entusiasmo. ¡Ah! y riéndose de todo, como sólo lo pueden hacer los grandes.

Manuel Cruz es catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona e investigador en el Instituto de Filosofía del CSIC.

23 mayo 2007

El bálsamo de Confucio




El Gobierno chino rehabilita al célebre filósofo para alentar la ética social



JOSE REINOSO
EL PAÍS - Pekín - 23/05/2007

Rao Pinmin pasea lentamente entre los árboles centenarios del templo de Confucio, en Pekín, que data del siglo XIV. Alrededor descansan edificios de tejados curvos, vigas policromadas y columnas rojas. Flota el silencio en medio del bullicio de la capital. Rao, de 22 años, estudiante en la Universidad Normal de Pekín, se detiene a pocos metros de la estatua de mármol del más famoso de los filósofos chinos y comenta: "Confucio [551 a 479 antes de Cristo] es una especie de santo, un maestro y un modelo. Tenemos que aprender de la esencia del confucianismo, porque representa lo mejor de la cultura china, y se hunde en lo más profundo de nuestra raíces".


Hu Jintao ha convertido la creación de "una sociedad armoniosa"


en el mantra de su Gobierno



Por más de 2.000 años, los valores confucianos de rigor moral, autodisciplina, fidelidad, jerarquía en las relaciones, educación, paz y armonía social fueron las bases del funcionamiento de la vida y el Gobierno en China y otros países de Asia oriental, como Japón y Corea del Sur. Pero la llegada de Mao Zedong al pode, en 1949, y su cruzada contra toda religión y filosofía que no fuera el maoísmo relegaron las enseñanzas de Kongzi (maestro Kong), nombre chino de Confucio, a doctrina contrarrevolucionaria. Hasta tal punto que en la Revolución Cultural (1966-1976) muchos de los templos a él dedicados fueron destruidos, y los profesores de sus enseñanzas, torturados.



Hace tiempo que Mao y las teorías comunistas pasaron a la historia en China, dejando un vacío espiritual, que ha sido ocupado por el culto al dinero y la corrupción. Así que, en un golpe de pragmatismo, el Gobierno del presidente, Hu Jintao, ha decidido rehabilitar al más influyente y famoso de los pensadores chinos, con objeto de utilizar su filosofía para insuflar un poco de ética y moralidad a una sociedad que, desde hace tres décadas, vive bajo el único credo de "Hacerse rico es glorioso", dictado por Deng Xiaoping.



El renacimiento del maestro es ubicuo. "Los discursos ideológicos en los periódicos, la televisión, y el lenguaje diario son en términos confucianos. Cada vez hay más instituciones, individuos y conferencias dedicados a sus enseñanzas", explica Tian Chenshan, profesor en la Universidad de Estudios Extranjeros de Pekín.



Las reformas económicas puestas en marcha por Deng Xiaoping en 1978 han transformado completamente China y han mejorado el nivel de vida de la población, pero, al mismo tiempo, han provocado tremendas disparidades sociales y crecientes protestas, que el Gobierno teme hagan peligrar la continuidad del Partido Comunista.Para detener esta deriva, Hu Jintao ha convertido la creación de una "sociedad armoniosa" -basada en los valores de moralidad, unidad, respeto a la autoridad y obediencia- en el mantra de su Gobierno. Pretende, de esta forma, mostrar a los ciudadanos que se preocupa por sus problemas, al tiempo que mantiene un férreo control político.



"La enorme brecha de riqueza y la corrupción rampante han provocado un descontento al alza y un incremento de las protestas por parte de ciudadanos corrientes, que se encuentran abandonados por el milagro económico chino". asegura Kent Ewing, escritor y profesor en la Hong Kong International School. Los líderes quieren utilizar a Confucio para sofocar las tensiones y crear una armonía social, aunque las cosas no estén muy armoniosas", añade.



Una de las últimas muestras de esta fiebre confuciana es el éxito logrado por Yu Dan, una profesora universitaria, de 41 años, que ha vendido más de tres millones de copias de un libro sobre las ideas del filósofo, ante el regocijo de las autoridades. El trabajo de Yu Dan ha estado rodeado de controversia, ya que algunos intelectuales consideran que ha tergiversado la obra del filósofo, y han calificado su enfoque de "ignorante", "dañino" y de "comida rápida".

08 enero 2007

El filósofo número uno es musulmán


Un suplemento de EL MUNDO.es.

Domingo, 7 de Enero de 2007, número 584

No es ni Ortega, ni Gracián, sino el sevillano Ibn Jaldún, al que la ONU rinde ahora homenaje. Entre las aportaciones del autor del «Libro de la evidencia»: la Teoría de los Juegos premiada en 2005 con un Nobel


PABLO PARDO. Washington


Es el filósofo de origen español más universal en el campo de la Ciencia Política. El único cuya obra es de lectura obligada en prácticamente todas las grandes Universidades de Estados Unidos, especialmente en disciplinas como Resolución de Conflictos, Sociología, Teoría de las Relaciones Internacionales, Gestión de Imperios (en EEUU se puede estudiar cómo hay que gestionar un imperio, tal vez para evitar los errores de Bush) y Teoría de la Historia. Y no es Baltasar Gracián, José Ortega y Gasset, Juan Linz o Manuel Castells.


Se llama Abu Zayd Abd ar-Rahman ibn Muhammad ibn Jaldun al-Hadrami. Aunque los anglosajones, que desconocen el fonema «jota» (otra herencia española del árabe) lo llaman Ibn Khaldoun o Ibn Khaldun. Su nombre también aparece castellanizado: Abenjaldún.


Hace más de 600 años, este tunecino de familia sevillana sentó algunos de los conceptos más importantes en la Sociología, Economía, Antropología y Política de principios del siglo XXI. Cuando el 10 de octubre de 2005 el Banco Central de Suecia anunció la concesión del Nobel de Economía al estadounidense Thomas Schelling y al americano-israelí Robert Aumann estaba premiando a dos estudiosos de un concepto, la Teoría de los Juegos -estudia el comportamiento de los seres racionales para maximizar los resultados de sus acciones- que fue prefigurado, aunque sin matemáticas, por Ibn Jaldún.


Lo mismo que la relación entre la presión fiscal y la tributación, que es el eje de toda la política económica de Occidente desde los años 80, cuando Reagan y Thatcher decidieron que unos impuestos más altos no implican necesariamente más ingresos para el Estado, ya que pueden desincentivar la actividad económica. Esa tesis fue resumida por Arthur Laffer en un simple gráfico, en 1974, que desde entonces se llama, en honor a su creador, Curva de Laffer. Aunque Laffer siempre ha rechazado que él inventara nada. Se limitó a modernizar las teorías de John Maynard Keynes e Ibn Jaldún.


Todos esos conceptos-al igual que otros, como la Teoría del Conflicto de Gluckmann, Rex y Coser-están en la Muqaddima (literalmente, Prolegómenos), el primero de los siete volúmenes que forman el Libro de la evidencia , en el que la que Ibn Jaldún resumió su visión del mundo en forma de una Historia Universal. Una obra monumental que fue calificada por el británico Arnold Toynbee como «indudablemente, la obra mas grandiosa de su tipo creada por nadie en ningún lugar».


Ibn Jaldún escribió el Libro de la evidencia en 1377 en el pueblo de Qalat-Ibn-Salama, en lo que hoy es Argelia. Fue un periodo de reclusión, ocasionado tras uno de sus fracasos políticos, que le obligó a abandonar el reino de Tlecemén, en el occidente de la Argelia actual, y pedir refugio entre las tribus de la región. Porque, al igual que otros muchos pensadores en el campo de la filosofía política-el caso más evidente, Maquiavelo-Ibn Jaldún fue un desastre cuando trató de poner sus teorías en la práctica. Su biografía es una sucesión de relaciones de amistad con varios de los principales gobernantes de los países musulmanes del Mediterráneo sucede casi siempre por caídas en desgracia, frecuentemente acompañadas del exilio y, en una ocasión, de la cárcel.


Su primer empleo público fue como escriba en la corte de Túnez, donde había nacido el 27 de mayo de 1332. Ibn Jaldún procedía de los Banu Jaldún, que llegaron a lo que hoy es Carmona en el siglo VIII procedente de Hadramaut, la misma región yemení de la que es originaria la familia Bin Laden. Dos siglos después, los Banu Jaldún, que se habían trasladado a Sevilla, eran uno de los clanes más influyentes de Al-Andalus. Pero en 1248 Fernando III de Castilla tomó la ciudad y, los antecesores del filósofo se trasladaron al norte de Africa, donde los exiliados andaluces coparon los puestos de asesores de los líderes de la zona.


Ibn Jaldún estaba, así pues, destinado a jugar un papel influyente en política. En sus 74 años de vida, fue consejero de los reinos de Granada, Túnez, Tlemecén, Bujía (fue además primer ministro), Fez, en el que desempeñó el cargo de regente, y Egipto. Esa trayectoria está marcada por un éxito y un fracaso. El éxito fue la misión diplomática que Mohamed V le encargó para que convenciera a Pedro I el Cruel de Castilla de que no atacara al reino nazarí. Ibn Jaldún no sólo lo logró. Impresionó tanto al monarca cristiano que éste llegó a ofrecerle quedarse a su servicio y restituirle las propiedades familiares, oferta que rechazó. El fracaso, su intento de mediar ante el mongol Tamerlán para que no atacara Damasco, encomendado por el sultán mameluco de Egipto, Faraj.


Pero Ibn Jaldún ha pasado a la Historia por su trabajo como pensador. El núcleo de su teoría política es que la historia de los imperios sigue unas pautas fijas, que tienen más que ver con las dinámicas internas de la sociedad que con la acción de potencias extranjeras. Cada pueblo lleva dentro de sí mismo las semillas de su propio esplendor y de su decadencia. En la Muqaddima el eje de la historia es la tensión entre los pueblos sedentarios de las ciudades y los grupos nómadas, que en aquel momento definía gran parte de las luchas políticas del mundo islámico.
Hoy, justo 600 años después de su muerte, su figura, prácticamente olvidada hasta mediados del siglo XIX, atraviesa un periodo de fama mundial. Ibn Jaldún es ahora una de las estrellas de la ONU, en cuya sede, en Nueva York, está la exposición Encounter of Civilizations. Ibn Khaldun, organizada por el Ministerio de Asuntos Exteriores y la fundación El Legado Andalusí, dependiente de la Junta de Andalucía. El filósofo tunecino-andaluz ha sido así aprovechado por el Gobierno español para reforzar sus esfuerzos de involucrar a la ONU en el proyecto de la Alianza de Civilizaciones.


Nada mejor que sus propias palabras para acercarnos al personaje. Escribió Ibn Jaldún: «En el fondo, a pesar del pesimismo que a veces puede embargarnos cuando se conoce en profundidad la historia, quizás nos puede tranquilizar, hoy día, saber que la especie humana ha sobrevivido a enormes conflictos y tragedias».


LAS CLAVES

EL INTELECTUAL
Precursor. Ibn Jaldún (1332-1406) es uno de los pensadores más originales y adelantados a su tiempo de su época. Como científico social, trató de buscar dentro de las sociedades que estudiaba las causas del auge y declive de las grandes potencias.


EL POLÍTICO


Fracaso. Su trayectoria en las seis cortes en las que sirvió como consejero sigue una pauta fija. Primero, lograba la amistad de los gobernantes gracias a su tremenda cultura e inteligencia. Luego, por esas mismas razones, ponía a toda la corte en su contra. Su vida es un tobogán de subidas y bajadas en los escalafones del poder, con periodos de exilio.


Un rebelde. Para él, las grandes dinastías tendían a durar 300 años. En el primer siglo, mantenían la austeridad y autodisciplina de cuando estaban excluidos del poder. En el segundo siglo la dinastía alcanza su máximo esplendor. Finalmente, en el último tercio el grupo pierde sus virtudes originarias y queda a merced de nuevos actores políticos.